martes, 26 de agosto de 2014

Vídeos de Escuela de Padres

Acabo de encontrar estos vídeos de Escuela de padres, muy interesantes. Abarcan una variedad de temas desde la autoridad y el bilingüismo hasta el desarrollo del cerebro, el déficit de atención, etc.



http://think1.tv/videoteca/es/index/0-30/estimulacion-temprana-inteligencia-desarrollo-cerebro

domingo, 24 de agosto de 2014

Los niños necesitan menos juguetes y más libertad

Por Mariana Otero para "La Voz" (Argentina):

Los chicos necesitan pocos juguetes y más libertad. Deben ser autónomos, jugar con amigos y, en lo posible, concurrir a la escuela solos, caminando. Así opina Francesco Tonucci, el prestigioso pedagogo, pensador italiano y promotor de la “Ciudad de los Niños”, un proyecto que apuesta por la transformación de las ciudades a través de los chicos que las habitan.
  
–Es fundamental que los niños jueguen, pero ¿cuán importante es?
–El juego está conectado de manera muy fuerte con la autonomía y el movimiento. Hay que ayudar a los adultos a entender la importancia del juego. Le doy una anécdota. Mi hijo mayor llegó el primer día de la escuela primaria a casa y dijo: “la maestra ha dicho que ahora basta de jugar, que hay que hacer cosas en serio”. Ese fue el mensaje de la escuela a mi hijo. Bueno, yo intentaré decir a la gente que esa es una frase absurda y equivocada y peligrosa (...) No tengo dudas de que los primeros años son los más ricos e importantes en la vida, es el período donde se ponen todos los cimientos.

–Y el juego ayuda...
–En estos años no hay maestros en el sentido público, no hay métodos. Simplemente hay un niño que juega con el mundo. Esa es la importancia del juego. El juego es una experiencia que los niños viven a nivel espontáneo, no hace falta enseñarlo y jugando tienen la primera relación con el mundo.

–¿Todo tipo de juego es valioso? ¿Jugar al aire libre es igual que hacerlo con una computadora?
–Jugar es una experiencia que tiene algunas características: salir, en el sentido de dejar el control directo de los adultos, encontrarse con amigos, aprovechando un tiempo libre para vivir la experiencia de la aventura, del descubrimiento, de la sorpresa, de la maravilla, del riesgo. Con estos elementos todos los juegos son buenos. Hasta los tecnológicos.

–¿Por qué es necesario que jueguen solos? 
–No es posible jugar acompañado de adultos. Cuando los padres dicen “acompañamos todos los días al niño a jugar a la plaza” es una contradicción. El verbo jugar sólo se conjuga con el verbo dejar. En Europa es impresionante, pero aquí también creo que ocurre, en especial en las clases sociales medio-altas: para un niño es casi imposible salir solo a la calle. Esto le impide esta experiencia básica. Muchas veces los adultos pensamos sustituir esta experiencia de la que hemos disfrutado nosotros y que los hijos parece que no pueden vivir. Las sustituimos con otras cosas como comprar muchos juguetes, dar instrumentos que pueden permitir a un niño pasar mucho tiempo solo en casa y divertido, como las nuevas tecnologías, y acompañarlo en todos los lugares. Son respuestas inadecuadas. Se está gastando muchísimo dinero para llenar a los hijos de juguetes convirtiéndolos en poseedores en lugar de jugadores. Para jugar bien hay que tener pocos juguetes y amigos para aprovecharlo.


–¿Qué aporta el juego a un niño?
–Le permite descubrir el mundo. Es una manera para encontrarse con el desconocido (...) Significa vivir la experiencia de riesgo, saltar el obstáculo, vivir el desafío de superarlo o no. Ver si hoy puedo hacer lo que ayer no podía, si puedo superar mi miedo de vivir esta experiencia.

–¿Por qué es importante vivir la experiencia de riesgo?
–Si no es posible, vamos a crear una acumulación de deseos y de necesidad de transgresión que se expresarán más tarde, en la adolescencia, cuando un chico tiene suficiente autonomía como las llaves de casa en el bolsillo y cuando esta expresión de su deseo se convierte en una explosión peligrosa. Muchos de los temas que hoy se tratan como dramas de la adolescencia, como abuso de alcohol, de drogas, como los accidentes de motos –hasta el tema de los suicidios juveniles– tienen que ver con la falta de experiencias de autonomía en los primeros años (...) Puede que viviendo la experiencia del obstáculo se dé cuenta de que no puede superarlo y que sea una desilusión, pero también la desilusión es una experiencia que hoy los niños no viven porque los padres los súper protegen.


Fuente: http://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/francesco-tonucci-los-ninos-necesitan-menos-juguetes-y-mas-libertad

miércoles, 23 de julio de 2014

La crisis de la crianza moderna

Emma Jenner (escritora, especialista en el desarrollo infantil):

“En general, soy una persona bastante optimista. Tiendo a creer que todo va a salir bien, a menos que las pruebas indiquen totalmente lo contrario; cualquiera que me conozca bien te dirá que no suelo dramatizar. Este es el motivo por el que cuando afirmo que la crianza moderna está en apuros, en crisis incluso, espero que me escuchen, y que me escuchen bien. He trabajado con niños y padres en dos continentes y durante dos décadas, y lo que he visto en los últimos años me alarma. Estos son los mayores problemas que veo:

1. Tenemos miedo a nuestros hijos

Suelo hacer una prueba por las mañanas en la que observo cómo un padre da el desayuno a su hijo. Si el niño dice: "¡Quiero la taza rosa, no la azul!" aunque la madre ya haya echado la leche en la azul, trato de observar con cuidado la reacción de la mamá. La mayoría de las veces, se pone pálida y vierte el contenido en la taza que el niño prefiere antes de que le dé un berrinche. ¡Error! ¿De qué tenéis miedo? ¿Quién manda de los dos? Deja que llore si quiere, y vete de ahí para no escuchar el llanto. Pero, por favor, no trabajes de más sólo para agradar al niño. Y, lo más importante, piensa en la lección que le estás enseñando si le das todo lo que quiere sólo por ponerse a llorar.

2. Hemos bajado el listón

Cuando los niños se comportan mal, ya sea en público o en privado, los padres tienden a encogerse de hombros como diciendo: "Así son los niños". Te aseguro que no tiene por qué ser así. Los niños son capaces de mucho más de lo que los padres normalmente esperan de ellos, en cuanto a sus modales, al respeto por los mayores, las tareas del día a día, la generosidad o el autocontrol. ¿Crees que un niño no puede quedarse sentado durante la cena en un restaurante? Nada de eso. ¿Crees que un niño no es capaz de quitar la mesa sin que se lo pidan? De nuevo, no es así. La única razón por la que no se portan bien es porque no les has mostrado cómo hacerlo y porque no esperas que lo hagan. Así de simple. Pon el listón más alto y tu hijo sabrá cómo comportarse.

3. Hemos perdido las costumbres del pueblo

Antes, los conductores de autobús, los maestros, los tenderos y otros padres solían tener carta blanca para corregir a un niño maleducado. Actuaban como ojos y oídos de la madre y el padre si los niños estaban fuera de su vista, y todo el mundo colaboraba por un interés común: criar de forma adecuada a niños y niñas. Todo el pueblo se volcaba. En la actualidad, si a alguien que no es padre del niño en cuestión se le ocurre regañarlo, a los padres no les hace ninguna gracia. Quieren que su hijo parezca el niño perfecto, y por eso no aceptan que los maestros u otras personas digan lo contrario. Montarán en cólera e irán a hablar con el profesor antes que con su hijo por haberse portado mal en clase. Sienten la necesidad de proyectar una imagen perfecta al mundo y, por desgracia, su inseguridad se ve reforzada porque muchos padres se juzgan entre sí. Si un niño se pone a berrear, todas las cabezas se girarán hacia la madre con una mirada reprobadora. En su lugar, debería ser respaldada, porque hay muchas posibilidades de que el berrinche haya tenido lugar por no haber cedido ante alguna de las exigencias de su niño. Más bien, esos observadores deberían decirle: "Buen trabajo. Sé lo difícil que resulta poner límites".

4. Confiamos demasiado en los atajos

Me parece maravilloso que los padres tengan todo tipo de aparatos electrónicos para entretenerse en un vuelo o en la sala de espera del médico. También es fabuloso que podamos pedir nuestra compra online, y que podamos calentar comida sana a golpe de microondas. Los padres están más ocupados que nunca, y estoy totalmente a favor de tomar el camino fácil siempre que sea necesario. Pero los atajos también pueden ser una pendiente resbaladiza. Cuando descubres lo bien que Caillou entretiene al niño en un avión, que no te tiente la idea de ponerle los dibujos en un restaurante. Los niños también tienen que aprender a ser pacientes. Tienen que aprender a distraerse ellos solos. Tienen que aprender que no toda la comida va a estar siempre caliente y lista en menos de tres minutos y, si es posible, también tienen que aprender a ayudar en la cocina. Los bebés tienen que aprender a tranquilizarse solos; no hay que sentarlos en una silla vibradora cada vez que se pongan quisquillosos. Los niños tienen que aprender a levantarse cuando se caen, en vez de subir los brazos para que mamá y papá les cojan. Enseña a los niños que los atajos pueden servir de ayuda, pero que resulta muy satisfactorio hacer las cosas por la vía lenta.

5. Los padres ponen las necesidades de los hijos por encima de las suyas

Naturalmente, los padres tienden a cuidar de sus hijos en primer lugar, y esto es bueno para la evolución. Yo defiendo la idea de crear un horario que se ajuste a las necesidades del niño, y que la alimentación y la ropa del niño sean prioritarias. Sin embargo, los padres de hoy en día han ido demasiado lejos, sometiendo sus propias necesidades y salud mental a las de sus hijos. Cada vez con más frecuencia veo a mamás que se levantan de la cama cada dos por tres para satisfacer los caprichos del niño. O a papás que lo dejan todo y se recorren el zoo de punta a punta y a toda prisa para comprarle a la niña una bebida porque tiene sed. No pasa nada por no levantarte en mitad de la noche para darle otro vaso de agua a tu hijo. No pasa nada si el papá del zoo dice: "Claro que vas a beber agua, pero vamos a tener que esperar hasta llegar a la próxima fuente". No pasa nada por utilizar la palabra no de vez en cuando, ni hay nada malo en pedirle a tu hijo que se entretenga solo unos minutos porque mamá quiere usar el baño en privado u hojear una revista.

Temo que si no empezamos a corregir, y pronto, estos cinco errores graves, los niños que estamos criando crecerán y se convertirán en adultos arrogantes, egoístas, impacientes y maleducados. No será su culpa, sino la nuestra. No les hemos enseñado otra cosa, nunca hemos esperado nada más de ellos. Nunca quisimos que se sintieran incómodos y, cuando es inevitable que sientan alguna molestia, no se ven preparados para ello. Por tanto, pido por favor a todos los padres y cuidadores del mundo que exijan más a los niños. Que esperen más de ellos. Que les hagan partícipes de sus luchas. Que les den menos. Que les pongan rectos y que, juntos, les preparemos para que tengan éxito en el mundo real, y no en el mundo protegido que hemos creado para ellos.”

Autora: Emma Jenner

Traducción de Marina Velasco Serrano

Fuente: http://www.huffingtonpost.es/emma-jenner/5-razones-por-las-que-la-_b_5584146.html

martes, 15 de abril de 2014

¿Una infancia mágica?

“Si nuestras abuelas y bisabuelas vieran la presión que las madres de hoy en día se autoimponen, pensarían que estamos enfermas.

¿Desde cuándo ser una buena madre significa pasarse los días haciendo manualidades complicadas para los niños, convirtiendo sus habitaciones en portadas de revista con obras de arte de Ikea y vistiéndoles a la última moda, siempre combinados?

No creo en absoluto que las madres modernas quieran más a sus hijos de lo que nuestras bisabuelas querían a los suyos. Simplemente, nos sentimos obligadas a demostrarlo con ridículas y caras fiestas de cumpleaños repletas de cupcakes caseros con 18 toppings diferentes y un sinfín de regalos.

En los últimos años, me he visto metida en ese modelo paternal de cualquier cosa que hagas, yo puedo hacerla mejor, que se basa en buscar ideas en Pinterest, reproducirlas a la perfección y compartir la foto con desconocidos y amigos a través de blogs y de Facebook.

De repente, me di cuenta: no tenemos por qué hacer que la infancia de nuestros hijos sea mágica. La infancia ya es mágica de por sí, incluso cuando no es perfecta. Mi infancia no fue perfecta y no éramos ricos, pero me lo pasaba muy bien en mis cumpleaños porque mis amigos venían. Lo importante no eran los regalos, ni la decoración al detalle, ni nada de eso. Nos bastaba con explotar globos, correr por el patio y comer tarta. Bastante simple, pero mágico. Es lo que recuerdo de esos momentos.

En Navidad, mis padres nos compraban dos regalos a cada uno, teniendo en cuenta que éramos cuatro niños y que sus ingresos eran limitados. No había campañas que estuvieran machacando desde noviembre con las actividades que había que marcar en el calendario. No había chuches especiales navideñas, y pocos adornos (si es que había alguno). Ni siquiera preparábamos galletas. Lo que nos hacía realmente felices era meternos en una cama los cuatro pensando que podríamos oír a Papá Noel colarse por la chimenea. Era muy divertido intentar aguantar toda la noche despiertos, cuchichear, reírnos juntos, y desear con ansia que se hiciera de día. Era mágico. Nunca sentí que me faltara algo.

No recuerdo una sola vez en que mis padres hicieran manualidades conmigo. Las manualidades era algo que se hacía en el colegio. Las únicas manualidades que recuerdo son las que hacía mi madre en su tiempo libre. A menudo me adormecía el ruido de su máquina de coser cuando se ponía a arreglar el bajo de nuestros pantalones o a convertir un trozo de tela en accesorios para el pelo que luego vendía.

En casa jugábamos. Todo el rato. Después de la escuela, volvíamos andando desde la parada de autobús, dejábamos la mochila y mi madre nos empujaba a salir de casa. Nos quedábamos con los niños del vecindario hasta la hora de cenar. Era otra época... Ahora, muy pocos de nosotros dejamos que nuestros hijos anden solos por ahí. Además, cuando éramos niños y estábamos en casa, jugábamos por nuestra cuenta. Teníamos nuestros juegos, hacíamos fortalezas con mantas, veíamos la televisión, bajábamos por las escaleras con almohadas. Nuestros padres no eran los responsables de nuestra diversión. Si se nos ocurría murmurar las palabras mágicas "estoy aburrido", en un momento nos daban una lista de tareas.

Echo la vista atrás a mi infancia y sonrío. Todavía me acuerdo de cómo era eso de divertirse sin preocupaciones.

Mis padres se ocuparon de mantenernos calientes y alimentados, y ocasionalmente planeaban alguna actividad especial para nosotros (la pizza de los viernes por la noche era una tradición), pero en el día a día, nos las apañábamos por nuestra cuenta. Rara vez jugaban con nosotros. Aparte de la típica caja de cartón vacía que encontrábamos en las puertas de cualquier tienda, no nos regalaban juguetes a no ser que fuera nuestro cumpleaños o una fiesta especial. Nuestros padres estaban ahí siempre que necesitábamos algo, o en caso de accidente, pero no eran nuestra principal fuente de diversión.

Hoy en día, se hace creer a los padres que lo que beneficia a los hijos es estar constantemente con ellos, mano a mano, cara a cara: "¿Qué necesitas, cariño mío? ¿Qué puedo hacer para que tu infancia sea increíble?". En una visita a Pinterest, es inevitable ver cosas como "100 ideas de manualidades para verano", "200 actividades caseras para invierno", "600 cosas que puedes hacer con tus hijos en vacaciones", "12.000 millones de estrategias para el Ratoncito Pérez", "400 billones de ideas para fiestas de cumpleaños temáticas", etc.

Los padres no son los que hacen que la infancia sea mágica. Está claro que los casos de violencia y abandono sí pueden arruinarla, pero, en general, la magia es algo inherente a la edad. Ver el mundo desde los ojos inocentes de un niño es mágico. Jugar con la nieve en invierno cuando tienes cinco años es mágico. Perderse entre los juguetes tirados por el suelo es mágico. Recoger piedras y guardárselas en el bolsillo es mágico. Andar con un palo es mágico.

No es nuestra responsabilidad crear y proporcionar recuerdos mágicos cada día, como si se tratara de una obligación.

Nada de esto niega la importancia del tiempo que se pasa en familia. Una cosa es, sin embargo, concentrarse en pasar tiempo juntos y otra cosa muy diferente es concentrarse en la construcción de una actividad. Una puede concebirse como algo forzado, con un objetivo predeterminado, mientras que la otra es más relajada y natural. Los padres se sienten tan obligados a crear experiencias que se puede palpar la enorme presión que soportan.

Me han dicho que cuando tenía cinco años fuimos a Disneyland. Yo no me acuerdo de haber ido, pero he visto las fotos borrosas de aquel momento. En cambio, lo que sí recuerdo con esa edad es un disfraz de pirata que me encantaba, coger ciruelas del árbol de enfrente de mi casa, las rocas que me gustaba escalar y mi perro, con el que jugaba en las escaleras del portal.

No me acuerdo de las vacaciones para las que mis padres probablemente estuvieron ahorrando durante meses; seguro que, más que nada, fueron estresantes. El lugar más mágico de mi infancia no era ningún parque de atracciones; era mi casa, mi cama, mi patio, mis amigos, mi familia, mis libros y mi propia mente.

Cuando hacemos de la vida una gran producción, nuestros hijos se convierten en el público, y crece su apetito por el entretenimiento. ¿Estamos criando a una generación de personas incapaces de encontrar la belleza en lo mundano?

¿Queremos enseñar a nuestros hijos que la magia de la vida es algo que viene en un envoltorio precioso, o que la magia es algo que cada uno tiene que descubrir por sí mismo?

Planear todo tipo de acontecimientos, trabajos manuales y vacaciones caras no resulta dañino para nuestros hijos. Sin embargo, si las ansias por querer hacer de todo proceden de la presión o de la idea de que todo lo anterior es una parte imprescindible en la infancia de cualquier persona, deberíamos replantearnos mejor las cosas.

Una infancia sin las manualidades de Pinterest puede ser igualmente mágica. Una infancia sin viajar en vacaciones también puede ser mágica. La magia de la que hablamos, y la que queremos que nuestros hijos experimenten, no sale de nuestra creatividad, no consiste en eso. La podemos descubrir en la tranquilidad de un arroyo, en el tobogán del parque, y en la risa inocente de una nueva vida.

Estamos constantemente escuchando que los niños de hoy en día no hacen suficiente ejercicio; pero, quizás, el músculo que menos ejercitan es la imaginación, ya que intentamos encontrar desesperadamente la receta para algo que ya existe.”

Autora: Bunmi Laditan (madre y escritora)

Traducción de Marina Velasco Serrano

Fuente: http://www.huffingtonpost.es/bunmi-laditan/estoy-harta-de-hacer-que-_b_5117045.html

jueves, 10 de abril de 2014

Cómo lograr una autoridad positiva con tus hijos o alumnos

Tener autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación de nuestro hijo. Debemos marcar límites y objetivos claros que le permitan diferenciar qué está bien y qué está mal, pero uno de los errores más frecuentes de padres y madres es excederse en la tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un equilibrio, ¿cómo conseguirlo para tener autoridad?

“En una de las primeras charlas que di a un grupo de padres de un parvulario, una madre levantó la mano y me preguntó:

- ¿Qué hago si mi hijo está encima de la mesa y no quiere bajar?

- Dígale que baje, – le dije yo.

- Ya se lo digo, pero no me hace caso y no baja- respondió la madre con voz de derrotada.

- ¿Cuántos años tiene el niño?- le pregunté.

- Tres años - afirmó ella.

Situaciones semejantes a ésta se presentan frecuentemente cuando tengo ocasión de comunicar con un grupo de padres. Generalmente suele ser la madre quien pone la cuestión sobre la mesa aunque estén los dos. El padre simplemente asiente, bien con un silencio cómplice, bien afirmando con la cabeza, porque el problema es de los dos, evidentemente.

¿Qué ha pasado para que en tan pocos meses una pareja de personas adultas, triunfadoras en el campo profesional y social, hayan dilapidado el capital de autoridad que tenían cuando nació el niño?

Actuaciones paternas y maternas, a veces llenas de buena voluntad, minan la propia autoridad y hacen que los niños primero y los adolescentes después no tengan un desarrollo equilibrado y feliz con la consiguiente angustia para los padres. El padre o la madre que primero reconoce no saber qué hacer ante las conductas disruptivas de su pequeño y que, después, siente que ha perdido a su hijo adolescente, no puede disfrutar de una buena calidad de vida, por muy bien que le vaya económica, laboral y socialmente, porque ha fracasado en el “negocio” más importante: la educación de sus hijos.

¿Cuáles son los errores más frecuentes que padres y madres cometemos cuando interaccionamos con nuestros hijos?

Antes de que siga leyendo, quiero advertirle que, posiblemente, usted, como todos -yo también- en alguna ocasión ha cometido cada uno de los errores que se apuntan a continuación. No se preocupe por ello. No es un desastre. Es lo normal en cualquier persona que intenta educar TODOS LOS DIAS. Tiene su parte positiva. Quiere decir que intenta educar, lo cual ya es mucho. En educación lo que deja huella en el niño no es lo que se hace alguna vez, sino lo que se hace continuamente. Lo importante es que, tras un periodo de reflexión, los padres consideren, en cada caso, las actuaciones que pueden ser más negativas para la educación de sus hijos, y traten de ponerles remedio.

Estos son los principales errores que, con más frecuencia, debilitan y disminuyen la autoridad de los padres:

  • La permisividad. Es imposible educar sin intervenir. El niño, cuando nace, no tiene conciencia de lo que es bueno ni de lo que es malo. No sabe si se puede rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie encima del sofá porque es pequeño, por miedo a frustrarlo o por comodidad es el principio de una mala educación. Un hijo que hace “fechorías” y su padre no le corrige, piensa que es porque su padre ni lo estima ni lo valora. Los niños necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.
  • Ceder después de decir no. Una vez que usted se ha decidido a actuar, la primera regla de oro a respetar es la del no. El no es innegociable. Nunca se puede negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando usted vaya a decir no a su hijo, piénselo bien, porque no hay marcha atrás. Si usted le ha dicho a su hijo que hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo los deberes, su hijo no puede ver la televisión aunque le pida de rodillas y por favor, con cara suplicante, llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan entrenados en esta parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del cine y del teatro. En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si usted piensa que el niño puede ver la televisión esa tarde, negocie con él qué programa y cuanto rato.
  • El autoritarismo. Es el otro extremo del mismo palo que la permisividad. Es intentar que el niño/a haga todo lo que el padre quiere anulándole su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la permisividad.
  • Falta de coherencia. Ya hemos dicho que los niños han de tener referentes y límites estables. Las reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una misma línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo ha de influir lo menos posible en la importancia que se da a los hechos. Si hoy está mal rayar en la pared, mañana, también.
  • Igualmente es fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y viceversa. No debe caer en la trampa de: “Déjalo que coma como quiera, lo importante es que coma”.
  • Gritar. Perder los estribos. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida. Perder los estribos supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima para el niño. Además, a todo se acostumbra uno. El niño también a los gritos a los que cada vez hace menos caso: Perro ladrador, poco mordedor. Al final, para que el niño hiciera caso, habría que gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida para alcanzar la potencia de grito necesaria para que el niño reaccionase.Gritar conlleva un gran peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es muy grave. Nunca debemos llegar a este extremo. Si los padres se sienten desbordados, deben pedir ayuda: tutores, psicólogos, escuelas de padres…
  • No cumplir las promesas ni las amenazas. El niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un girón de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es imposible.
  • No negociar. No negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad. Supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación. Un camino ideal para que en la adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los hijos.
  • No escuchar. Dodson dice en su libro El arte de ser padres, que una buena madre -hoy también podemos decir padre- es la que escucha a su hijo aunque esté hablando por teléfono. Muchos padres se quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es que ellos no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero escuchar… nunca.
  • Exigir éxitos inmediatos. Con frecuencia, los padres tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran los mejores… ¡ya!. Con los hijos olvidan que nadie ha nacido enseñado. Y todo requiere un periodo de aprendizaje con sus correspondiente errores. Esto que admiten en los demás no pueden soportarlo cuando se trata de sus hijos, en los que sólo ven las cosas negativas y que, lógicamente, “para que el niño aprenda” se las repiten una y otra vez.

Sin embargo, una vez que sabemos lo que hemos de evitar, algunos consejos y “trucos” sencillos pueden aligerar este problema, ofrecer un desarrollo equilibrado a los hijos y proporcionar paz a las personas y al hogar. Estos consejos sólo requieren, por un lado, el convencimiento -muy importante- de que son efectivos y, por otro, llevarlas a la práctica de manera constante y coherente.

Algunas de estas técnicas ya han sido comentadas al hablar de los errores, y ya no insistiré en ellas. Me limitaré a enunciar brevemente, actuaciones concretas y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva ante los hijos:

  • Tener unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Es la primera condición sin la cual podemos dar muchos palos de ciego. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo de comentario, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además deben revisarse si sospechamos que los hemos olvidado o ya se han quedado desfasados por la edad del niño o las circunstancias familiares.
  • Enseñar con claridad cosas concretas. Al niño no le vale decir “sé bueno”, “pórtate bien” o “come bien”. Estas instrucciones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el cuchillo, por ejemplo.
  • Dar tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.
  • Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.
  • Dar ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que haga la cama si él no la hace nunca.
  • Confiar en nuestro hijo. La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
  • Actuar y huir de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su autoridad.
  • Reconocer los errores propios. Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño/a y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia.

Todas estas recomendaciones pueden ser muy válidas para tener autoridad positiva o totalmente ineficaces e incluso negativas. Todo depende de dos factores, que si son importantes en cualquier actuación humana, en la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles: amor y sentido común.

Educar es estimar, decía Alexander Galí. El amor hace que las técnicas no conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que después son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor de boca y un bienestar interior en los hijos y en los padres.

El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño, del adulto y de la situación en concreto. El sentido común nos dice que no debemos matar moscas a cañonazos ni leones con tirachinas. Un adulto debe tener sentido común para saber si tiene delante una mosca o un león. Si en algún momento tiene dudas, debe buscar ayuda para tener las ideas claras antes de actuar.”

 

Autor: Pablo Pascual Sorribas (maestro, licenciado en Historia y logopeda)

Fuente: http://www.solohijos.com/web/como-lograr-una-autoridad-positiva/

lunes, 31 de marzo de 2014

El aburrimiento es beneficioso para los niños

Muchos niños están hiperestimulados por culpa de la televisión, los teléfonos móviles o las videoconsolas, entre otros. Y cuando dan muestras de que están aburridos, sus padres se afanan por distraerlos de la manera más rápida posible. Sin embargo, los expertos afirman que aburrirse tiene múltiples beneficios. En este artículo se citan algunos de los errores que se cometen en la lucha contra el tedio de los pequeños y cómo fomentar el aburrimiento saludable en los menores.

El aburrimiento forma parte de la infancia, aunque muchos progenitores se ponen nerviosos cuando sus hijos están aburridos, así que intentan distraerlos de cualquier forma. Sin embargo, puede ser una experiencia muy saludable. Estar aburrido, sin saber qué hacer, invadido por el tedio, es el mejor escenario para que aflore la creatividad.

En el año 2007, la investigadora Teresa Belton, de la Universidad de Educación y Aprendizaje Permanente de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), publicó un artículo en el 'Cambridge Journal of Education', en el que defendía que el aburrimiento es fundamental para el desarrollo del aprendizaje y la creatividad. Una idea con la que coincide Mònica Dosil, psicóloga del ISEP Clínic Castelldefels (Barcelona), que asevera que "los menores necesitan momentos de soledad e introversión para poder generar nuevas ideas y pensamientos".

 

Cuando el niño se aburre

Cuando un niño empieza a mostrar signos de fastidio (resopla, se pone de mal humor, protesta, etc.), muchos padres optan por suministrarle juguetes o distracciones. "¿Por qué no juegas con la videoconsola?" o "¿quieres que te ponga la televisión?" son algunas recomendaciones que esgrimen. En muchos casos, como señala Dosil, esta ansiedad por complacer y entretener a los hijos de forma tan rápida está causada por "el sentimiento de culpa por no tener tiempo para estar con ellos o por carecer de recursos personales para jugar con ellos".

Otro fenómeno habitual es que muchos de ellos tienen un número elevado de juguetes y muy fácil acceso a Internet, televisión, videoconsolas, etc. Viven en entornos que no les dejan espacio para que tengan que poner en marcha estrategias nuevas para divertirse. De este modo, se frena su creatividad. Dosil señala que los momentos en que los niños están aburridos "promueven que los pequeños construyan sus propios recursos de entretenimiento y puedan desarrollar la creatividad, generadora de la inteligencia emocional".

 

Alternar diversión y tedio

Es importante que los menores alternen momentos de actividad y de no actividad, de estimulación y de tedio. Carlos G. Torrico, psicólogo del centro ePsicología, en Leganés (Madrid), asegura que la principal característica del sistema nervioso de los niños es "la falta de inhibición cortical, lo que explica que no puedan parar quietos". Desarrollan esta inhibición a medida que crecen. Pero, para lograrlo, necesitan experimentar el aburrimiento, "porque les permite ejercitar este mecanismo de inhibición", añade.

Como bien conocen los progenitores, los pequeños no pueden parar quietos y toleran mal los momentos en los que están aburridos, ya que necesitan acción. Pero ese malestar es momentáneo. Cuando se aburren, muchos protestan o se sienten mal, pero luego, "en la mayoría de los casos, se adaptan y logran sacar provecho de esa situación", añade Torrico. Este estado de hastío, tan incómodo y agobiante al principio para los niños, no solo les ayuda a la generación de soluciones creativas, sino que "favorece la motivación, la autonomía, la resistencia a la frustración y el bienestar".

 

Fomentar un aburrimiento saludable

Pero, ¿cómo ayudarles a que se aburran? En primer lugar, hay que acostumbrarse a que se quejen cuando están aburridos. Además, como aconseja Torrico, "es necesario simplificar el entorno al máximo". Si uno tiene a mano la televisión, la videoconsola o un teléfono móvil, es probable que se enganche a ellos antes que ponerse a pensar un juego nuevo.

Fomentarles el tedio saludable no consiste en dejarlos en su habitación con un par de lápices y unas hojas blancas, y abandonados a su suerte. Si uno no está habituado a aburrirse, habrá que acompañarlo durante los primeros días en los que se le deje aburrirse.

Y, como recomienda Mònica Dosil, "se le pueden hacer preguntas para que él se haga responsable de la generación de ideas sobre lo que puede hacer". Es mejor opción "¿a qué te gustaría jugar?" que "¿por qué no juegas con estos muñequitos?". Si el pequeño no reacciona, los padres pueden enumerarle algunas alternativas, como: "aquí tienes muñequitos, colores y hojas y una pelota, ¿no te animas a jugar?".

Una elección que propone el especialista de ePsicología es "tener un tarro del aburrimiento, que tenga papelitos con multitud de actividades y juegos que se pueden hacer". El objetivo es que el menor se haga responsable de decidir qué hacer para jugar.

Autor: JOSÉ A. RODRÍGUEZ

Fuente: http://www.consumer.es/web/es/salud/psicologia/2013/06/24/217030.php#.UcqW46VkN_k.twitter

jueves, 20 de marzo de 2014

La escuela no tiene que enseñar al niño cómo ser mandado sino cómo buscarse oportunidades

En este artículo Richard Gerver, educador y conferenciante, habla sobre la escuela del mañana mientras recela de los políticos como líderes educativos.

El profesor, famoso por colocar a la escuela de Reino Unido que dirigía entre las mejores del país, insta a los profesores a transgredir "sin esperar permiso".

Richard Gerver, conferenciante y experto en educación, liderazgo y cambio.

La fama de Richard Gerver (Londres, 1969) empieza cuando el colegio que comenzó a dirigir pasó en dos años de estar entre el 10% de las peores escuelas del país a encumbrarse entre la élite de 5% de mejores centros. La gente quería conocer su historia. Empezó a dar charlas sobre educación. "Aquello creció, creció y creció", recuerda hoy.

Tanto creció que acabó siendo nombrado mejor ponente mundial de 2011 y ha escrito dos best sellers sobre educación. Ahora dedica su vida a dar conferencias sobre educación, cambio y liderazgo. Ha pasado por Madrid para participar en un Evento Savia SM con profesores, con los que se hizo fotos y firmó autógrafos como una estrella. En su discurso ha instado a los docentes a transgredir y cambiar los sistemas tradicionales de enseñanza "sin esperar permiso, porque no llegará".

¿Por qué no le gusta el examen PISA?

Los sistemas educativos se basan en él. Cada tres años miramos las clasificaciones y tratamos de copiar a quien sea que esté líder. Vamos corriendo a ver qué hacen. Llevamos tres años hablando hasta la saciedad de Finlandia. Ahora, China. ¿Qué hacen es Shanghai? Están huyendo del modelo académico. Sin deberes, menos exámenes, los niños no se separan por habilidades. ¿Y nosotros qué hacemos? Creemos que la manera de asegurar el futuro de nuestros hijos es prepararlos para pasar exámenes.

Pero el informe concibe la educación de una manera que en parte coincide con sus postulados, cuando habla de competencias y habilidades para el mundo frente al modelo académico.

Es el gran reto para nosotros. El informe es muy complicado y detallado, y tiene muchas cosas importantes que decir. Lo malo es que los políticos y la prensa sólo se fijan en las tablas clasificatorias. No rascan más allá de los titulares y miran qué dice el informe. Por ejemplo, la OCDE te dirá que los países que más problemas tienen hoy son los que se han obsesionado con los títulos académicos en vez de enseñar habilidades y competencias. En segundo lugar, que las habilidades cognitivas clásicas que mejor se examinan no son importantes ya para las empresas. Las habilidades más importantes ahora son las interpersonales. Esto está todo en PISA, pero los políticos no hablan de ello. Sólo se interesan en cómo quedamos mejor en la lista.

Y usted mira el informe GEDI (sobre el índice de emprendimiento de los países) como un buen indicador.

Deberíamos tener más en cuenta lo que dicen informes como GEDI. Cuanto más madura está una economía, más depende de la innovación y el emprendimiento. En España, con una tasa de paro juvenil que ronda el 40%, la mayoría de los jóvenes, incluso los de más éxito, van a sacarse el título porque les han dicho que habrá un fantástico puesto de trabajo para ellos al final de ese proceso. Pero no lo hay. Necesitamos que la gente sea capaz de crearse su propio puesto de trabajo en vez de esperar que una gran compañía se lo dé. Tenemos que dejar de crear sistemas educativos que le enseñen al niño cómo tiene que ser mandado y confiar en los demás para enseñar cómo buscarse oportunidades.

Le traslado entonces una pregunta que usted lanza a los docentes en sus conferencias: ¿Cómo educamos a esta generación?

Es que ya se comportan así. Sólo que no se dan cuenta y nosotros no lo valoramos. Debemos celebrar que a su edad saben más del mundo de lo que nosotros nunca supimos. Lo que necesitamos -porque ellos viven en un mundo de información- es desarrollar su pensamiento crítico, ayudarles a cuestionar lo establecido, diferenciar entre realidad y ficción, entre opinión, ayudarles a ser aprendedores independientes y no depender de nosotros. Saben cómo averiguar cosas por sí mismos, colaborar, ayudarse. Necesitamos que desarrollen esto de manera real, organizada, y sean conscientes de ello.

Menciona el pensamiento crítico. No parece que se ejerza mucho hoy en día. ¿Cómo se fomenta?

No soy el mayor experto, pero no se necesita nada enorme. Para mí los procesos de pensamiento crítico más interesantes ocurren en nuestros primeros años de vida. En la guardería, que mucha gente confunde y cree que es sólo asistencial, no educación. Pero se equivocan. Hay profesores muy buenos que, con las actividades adecuadas, dejan que florezca algo tan natural como el pensamiento crítico, porque somos críticos por naturaleza, analizamos y preguntamos. La pregunta entonces no es "qué hacemos para inculcar pensamiento crítico", sino "cómo hacemos para construir este pensamiento con el que ya nacemos y no cargárnoslo".

¿Desde dónde se empieza a diseñar una escuela para el siglo XXI?

Tenemos que dejar de pensar en cómo puede ser el siglo XXI. La realidad es que no lo sabemos. La vida se mueve tan rápido... ¿quién habría sabido hace 20 años cómo íbamos a vivir ahora? Tenemos que preparar a nuestros niños para lidiar con cambios, un futuro incierto, en vez de en certezas. Mi generación fue educada para creer en certezas. Tenemos que preparar a los niños para el cambio. No somos buenos lidiando con el cambio. No nos gustan las incertidumbres, no tener el control. Y eso es por la forma en que fuimos adecuados.

Al final todo sistema depende de sus profesores. Usted comenta en sus discursos que están desmotivados. ¿Cómo lo revertimos?

Lo primero que tenemos que no hacer es cambiar constantemente de ley. España en concreto es especialmente complicada con sus 17 estados, pero en todos sitios. No hay sistema que cambie tanto como el educativo. Los profesores se sienten constantemente desautorizados. Nada es más desmotivador para una persona que sentir que ya no tienen valor, o control. Cuando miras Finlandia, que pese al último PISA [ha caído al puesto 12] tienen un muy buen sistema, han devuelto en los últimos años el poder al profesor. A cambio, hay una gran exigencia en los estándares para los maestros. Los docentes deben estar preparados para cambiar, aprender y adaptarse.

¿Qué rol juega la tecnología en las aulas? ¿Debemos prestarle más o menos atención?

La tecnología no va a cambiar la educación. Es importante porque es cultural, es una parte creciente de nuestras vidas hoy. Lo que critico es la gente que cree que por introducir tecnología en el aula se va a arreglar todo. Sólo por meter ordenadores o una pizarra digital. La tecnología puede ser un catalizador, una herramienta, pero no es la respuesta. Tenemos que dejar a los niños que traigan su propia tecnología a clase. Necesitamos buenas conexiones, dejarles traer sus teléfonos, sus tablets, y que nos enseñen cómo introducir esto en la escuela. La educación será siempre una cuestión fundamentalmente de seres humanos, del desarrollo de una persona. Y para hacer eso la tecnología no da respuestas.

Cuénteme antes de terminar qué hizo en su colegio para lograr esos resultados, que al final es lo que le ha traído hasta aquí.

En la primera reunión con los profesores les pregunté: ¿Por qué el colegio no es tan emocionante como Disneyland? Quería crear un lugar en el que los niños hicieran cola para venir. Que lo que experimentaran fuera dinámico, lleno de contenido y experiencias propias, no que se sentaran detrás de un pupitre y escucharan. Que vieran que lo que estudian no es sólo porque lo ponga en un currículo, sino que supieran que las habilidades que van a adquirir las podrán aplicar en situaciones de la vida real.

Hicimos un set de televisión para que los niños vieran por qué es importante aprender a leer y escribir; por ejemplo para hacer su propio programa de televisión. También construimos un museo para que los niños vieran la importancia de la ciencia. Creo que cuando mejor aprendemos es cuando somos muy muy jóvenes. Me fascina una estadística que dice que el 70%-75% de lo que aprendemos en toda la vida lo aprendemos antes de cumplir cinco años. Antes incluso de empezar la educación obligatoria. Somos máquinas de aprender. Yo quería sacar esa máquina a través, si quieres, de una forma más sofisticada de jugar, más metódica.

Autor del artículo: Daniel Sánchez Caballero

Fuente: http://www.eldiario.es/sociedad/educacion-gerver-richard-PISA-informe_0_237976627.html

miércoles, 19 de marzo de 2014

10 RECOMENDACIONES para DESARROLLAR la CREATIVIDAD en los NIÑOS

En este artículo se habla de un tema clave tanto para el desarrollo de los niños, como para el de la sociedad en general: la CREATIVIDAD. ¿Cómo podemos potenciarla? Pincha en la imagen para leer el artículo:

miércoles, 5 de marzo de 2014

9 CONSEJOS PARA ECHAR A PERDER A UN NIÑO

Mónica Coronado, psicopedagoga argentina, autora del libro "Padres en Fuga. Escuelas Huérfanas", repasa, CON IRONÍA, las diversas maneras en que los adultos convierten a un niño que podría ser "sano" y "feliz" y en un chico terrible, incapaz de convivir en un entorno reglado.

1) El niño REY, tirano, dictador:

Cuando nazca deja de lado todo: pareja, salud, otros familiares, hobbies o actividades deportivas. Dedícate al niño en forma exclusiva y excluyente. Tu pareja puede esperar, lo mismo tu salud, tu vida personal... ¿Qué es eso? Eso que hacías y te hacía feliz, como hacer ejercicio, leer, tener un hobby, charlar con amigos, etc. Tu objetivo de vida debe ser estar pendiente del niño. Haz de tu maternidad/paternidad una cruzada.

Getty Images | Sobre infancias y paraísos

2) "Lo que quieras con tal que dejes de chillar": Los niños, todos, tienen berrinches. Si quieres echarlo a perder no dejes que el berrinche llegue, apenas frunza el ceño trata de concederle todo lo que desea, aunque sea inadecuado. Apenas ensaye unos pucheros porque no le compras ese juguete, corre a conseguirlo, no vaya a ser que el niño sufra por no tener lo que el 0,02% de los niños tienen.

3) No...pero: Si consideras que lo que el niño quiere es descabellado (como, por ejemplo, jugar con el florero de cristal de tu tía Clarita), intenta parecer una buena madre o un buen padre y dile un NO adornado de excusas, explicaciones e intentos de razonamiento. Indudablemente el niño hará un berrinche de proporciones descomunales, con cortes de respiración y sofocos fríamente calculados como para causarte la suficiente ansiedad, inquietud o culpa como para que, finalmente cedas real o vicariamente a sus deseos.

4) No quiero traumatizarte: Los límites verbales, penitencias, retos o cualquier medida de sanción no le van a funcionar cuando quieras echarlo a perder, todo lo contrario.  Insiste en que el niño debe desarrollarse según su "naturaleza", sin que le pongas restricciones de ningún tipo. Si quiere dormirse a las 12 y media de la noche, dibujar las paredes recién pintadas, comer en el piso, hacer pis en una maceta, acariciar abofeteando a padre y abuelos, atropellar a otros niños para obtener un juguete, tienes que dejarlo que actúe a sus anchas, o ¿no son así todos los niños/as? No permitas que ninguna frustración, por pequeña que sea, nuble su esplendorosa infancia.

5) El niño florero: en cualquier reunión social, tu niño debe ocupar un lugar preeminente. Las conversaciones, por más elevadas que sean, deben interrumpirse para escuchar primero sus balbuceos, luego sus gritos, canciones o lo que el niño haga, incluyendo, por supuesto, sonidos indecorosos.

6) Pero... ¡Si es superdotado!: Ya seguramente te habrás dado cuenta de que tu niño es especial; todas sus acciones manifiestan una inteligencia muy por sobre lo normal, a su lado cualquier niño de la misma edad parece una lechuga mustia. Debe haber algo de cierto en eso de "de tal palo tal astilla", el niño seguramente es una copia mejorada de ti. Por eso, aun cuando el resto de la gente lo considere perfectamente común, tú sabrás que es extraordinario y que no tienes que dejar de lado cualquier oportunidad de mostrarlo al mundo.

7) ¡Qué va a saber tu maestra/o!. Si quieres continuar tu tarea de echar a perder al niño, cuando ingrese a la escuela no pierdas la oportunidad de hablar mal de su maestra/o, de contradecirla/o en sus pautas o de discutir con ella/él frente al niño. Si quieres echar a perder a tu niño debes descalificar la acción educativa de cualquier agente externo a su propia persona y, sobre todo, interferir en cualquier puesta de límites.

8) Y todo a medio hacer...: Para echarlo a perder debes permitir que deje todo a medio camino. Si se sienta a comer puede levantarse cuantas veces quiera, no le exijas guardar los juguetes después de jugar, ni los útiles dentro de la mochila, ni promuevas la formación de ningún hábito que coarte la libre expresión de su personalidad. Que se lave los dientes o tire la cadena si quiere, pues tú no te vas a fijar en esas nimiedades.

9) El cliente, perdón... El niño, tiene siempre la razón: Ya te debes haber dado cuenta de que la gente no advierte lo especial, inteligente y destacado que es tu niño. Si lo quieres echar a perder y la gente que lo rodea no colabora en tu tarea, puedes pensar que todos se enfadan con él o lo rechazan porque es superior en belleza, inteligencia, talento y demás a los otros niños. Debes apañarlo, cubrirlo o justificarlo en cualquier acción, por deleznable que sea, también excusarlo permanentemente o defenderlo a muerte. Siempre le echan la culpa a él, pero ¡si no ha hecho nada!

 

Empiezan entronizados, idolatrados, adorados, como pequeños tiranos, dorados reyes o emperadores, pronto se convierten en temibles dictadores, y muchos de ellos llegan a ser esos adolescentes sin rumbo. El exceso de atención, la sobreprotección, obstaculiza los procesos de desarrollo y el logro progresivo de autonomía, que es un proceso que tiene muchas pequeñas frustraciones (cosas que no puede hacer, que no puede tener), que además de ser parte de la vida, le permiten aprender a soportarlas (tolerarlas), avanzando en su madurez y preparándose para la vida.

Los niños necesitan muy poco para vivir: alimento, cuidados, amor, respeto, abrigo, oportunidades para aprender, límites, compañía, diversión, etc. Muchas de esas cosas no tienen precio.

Fuente:

http://entremujeres.clarin.com/hogar-y-familia/hijos/Consejos-echar-perder-nino-limites_0_805719496.html

sábado, 1 de marzo de 2014

¿Cómo hacer crecer en los niños la fuerza de la resiliencia?

La resiliencia es la fuerza más poderosa que se puede tener. Supone la capacidad de doblarse antes de romperse ante la presión y la adversidad, y salir de este modo reforzado de ellas. La resiliencia es por lo tanto de vital importancia. Ayuda a tener una vida más feliz. Pero al igual que cualquier otra fuerza o destreza, debe ser probada y utilizada regularmente con el fin de hacerla crecer.

Pero ¿Cómo hacer crecer en los niños esta inmensa fuerza de la resiliencia? Aquí hay algunas maneras de hacer que nuestros niños crezcan más resistentes:

1. No entres en pánico. No es posible evitar siempre la adversidad, pero podemos aprender a manejarla. Es importante establecer las bases para el manejo del estrés a medida que tu hijo crece.

2. Resiste la tentación de “rescatar del peligro”. Los pequeños errores cometidos de pequeños ayudan a los niños a lidiar mejor con los problemas más grandes que seguro vendrán en el futuro.

3. Abandona el control. Deja que tu hijo tome tantas decisiones como sea seguro y razonable. ¿Cómo si no aprenderá a decidir en el futuro?.

La resiliencia es un término muy utilizado en los últimos tiempos para describir cierto modo flexible de afrontar las situaciones adversas, sacando de ellas el mayor provecho.

4. Quiérelo por lo que es, no por lo que hace. Es bueno tener  grandes expectativas sobre su comportamiento, pero no dejes que tu amor dependa de su desempeño.

5. Utiliza las palabras. Está bien tener sentimientos fuertes, pero es importante expresarlos adecuadamente. Las palabras nos ayudan a manejar nuestros sentimientos y a recuperarnos de las decepciones.

6. Utiliza la lluvia de ideas para resolver problemas. Ayuda a tus hijos a discutir los problemas, ya sean grandes o pequeños.

7. Deja la indulgencia para los abuelos. No te apresures a comprar lo último en ropa, zapatos o jueguetes. Los niños que tienen un poco menos trabajan más duro y priorizan mejor que aquellos a los que se les colma de cosas materiales.

8. Dales tareas. La responsabilidad construye un sentido de ser necesario, y enseña a los niños lo mucho que pueden aportar.

9. Fortalece la capacidad de esperar. Retrasar la gratificación es difícil, pero es importante para el éxito futuro. Enséñale rimas y canciones para cantar mientras espera, y juega con él para pasar ese tiempo.

10. Encuentra y fomenta sus fortalezas. Cada niño tiene sus puntos fuertes. Ser bueno en algo le ayudará a recuperarse en los tiempos difíciles.

11. Valora el poder de lo positivo. Habla acerca de las cosas buenas que sucedieron hoy. Encontrar los aspectos positivos de la vida aumenta la flexibilidad y la felicidad.

12. Valora y admira la diferencia. Es la diversidad y la singularidad de cada uno lo que en definitiva nos hace fuertes.

13. Participa en proyectos comunitarios. Hay mucho trabajo que hacer para mejorar las condiciones y los derechos de otras personas. Trabajar para otros construye un importante sentido de gratitud interna por lo que se tiene.

Fuente: La Petite Academy Dra. Heather Wittenberg